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“La edad de las promesas”

libro

La autora Cecilia Scalisi nació en Córdoba, estudió piano y es crítica musical en el diario La Nación.


El trabajo gira alrededor de la niñez de Martha Argerich, Bruno Gelber y Daniel Barenboim. Un personaje trascendental es el maestro Vicente Scaramuzza, figura de la enseñanza pianística en Argentina. La autora señala algunas condiciones comunes a los tres músicos, que favorecieron su desarrollo -talento, una formación temprana, constancia, y acompañamiento de sus los mayores-. Además de una Buenos Aires de los años ‘40 y ´50 que estimulaba la preparación y premiaba los méritos: “No existe otra ciudad en el mundo que, como Buenos Aires, pueda preciarse de ser cuna, de tres pianistas como Barenboim, Gelber y Argerich, nacidos con diferencia de unos pocos meses, criados en el mismo barrio de Belgrano, educados en el mismo ambiente social y cultural”, subraya la autora de En la edad de las promesas en diálogo con Clásica Córdoba.

Este lunes 28, a las 19, Cecilia Scalisi presentará el libro acompañada por Bruno Gelber, en el Colegio Academia Argüello. La entrada para esta actividad es gratuita y la organización recomienda a los interesados confirmar en la Academia Argüello, Av. Rafael Núñez 5675, (03543) 421010 y 420387, mail institucional@aa.edu.ar

La presentación coincide con los dos conciertos como solista que Bruno Gelber dará los días sábado 26 y domingo 27, en el Teatro del Libertador San Martín (Ver A solas con la música).

– ¿Qué condiciones crees que deben congeniar entre sí, para que una persona, una promesa en su niñez, se convierta en deseo cumplido?

– En el caso de los prodigios cuyo ambiente y entorno infantil he buscado recrear en mi último libro, podría resumir la fórmula a través de cuatro denominadores comunes, diciendo que allí coincidieron: primero la genialidad o el talento fuera de serie (cada uno según su personalidad y estilo); el haber recibido una formación temprana del más alto nivel (Martha y Bruno estudiaron directamente con Scaramuzza, y Barenboim solamente con su padre, quien a su vez, había estudiado con aquel gran ícono de la enseñanza pianística de la Buenos Aires desde los años ´30 hasta su muerte en 1968): luego,  el sacrificio, el esfuerzo y la constancia en el estudio; y por último, pero no menos importante, señalaría el puntal decisivo de los padres reconociendo esa genialidad para acompañarla a lo largo de su desarrollo con entera convicción.

– ¿Cómo nace este libro?

– En el año 2013, Martha y Barenboim se reunieron para tocar juntos en la Filarmónica de Berlín, después de varias décadas de haberlo hecho por primera vez (ella al piano y él en la dirección de orquesta). El reencuentro se convirtió en un gran suceso, coincidiendo con la apertura de la temporada berlinesa de ese año. Fue un acontecimiento artístico sumamente esperado. A partir del año siguiente, julio de 2014, replicaron la experiencia en Buenos Aires, también en 2015 y se repetirá en 2016. Pero volviendo a Berlín en el año 2013, yo estaba allí en ese momento, como periodista del diario La Nación. Hicimos una lindísima nota con Martha que fue tapa de la revista dominical del diario. Mientras esperaba el inicio del concierto y observaba todo lo que sucedía a mi alrededor, de algún modo fui reconstruyendo en mi memoria, muchos hechos y anécdotas que conocía de sus historias personales, de la vida infantil en Buenos Aires, de los maestros, del ambiente que frecuentaban, de una infinidad de retazos de cosas que me resultaban absolutamente familiares y hasta entrañables en cierta forma… No podía volcar esas impresiones en el formato de una nota periodística. En esos días en que entrevisté a Martha en diferentes situaciones, permitiéndome ella acompañarla mientras ensayaba en la sala vacía, conversando sobre sus recuerdos, buscando captar el tono de un reencuentro con la niñez, la idea de un libro que recreara esa “edad de las promesas” surgió casi de inmediato. En Berlín estaba casi empezando el otoño. La distancia y la melancolía del clima, contribuyeron a dar el tono a la idea.

– ¿Cuáles fueron las fuentes documentales que usaste para escribir el libro?

– Principalmente la cantidad de entrevistas que a lo largo de muchos años realicé con ellos tres, todo lo que además me transmitieron mis propios maestros en el Conservatorio Nacional de Buenos Aires, donde estudié y me gradué con el título superior, básicamente respecto de Scaramuzza que es una de las figuras fundamentales del libro. Mis propios conocimientos, mis estudios en el piano y mi imaginación para reconstruir el ambiente, terminaron de dar vida a esa documentación.

– ¿Qué características sobresalientes hallaste en el contexto histórico de aquellos tres infantes, Argerich, Gelber y Barenboim? 

– La época en sí. Absolutamente. Sin ese contexto fantástico, esta historia no hubiese tenido lugar. El tiempo en que transcurrieron sus infancias en Buenos Aires fue un tiempo realmente notable, extraordinario: ese microcosmos cultural porteño excepcional para el desarrollo de la música. El aprendizaje de un instrumento, en particular el piano, formaba parte del esquema educación, existía en la ciudad una cantidad llamativa de conservatorios y academias privadas con maestros excepcionales, venidos de las escuelas europeas (italiana, rusa, polaca, francesa…), luego, existían esas adorables tertulias en las residencias privadas donde además de entablar amistades a través de la música, los chicos comenzaban a experimentar la sensación de tocar frente al público y también se daba la posibilidad de un contacto directo con artistas célebres que llegaban del exterior para tocar en el Colón y otras salas, y permanecían en Buenos Aires por varias semanas incluso meses, escuchando y aconsejando a los jóvenes talentos. En estos casos, los tres pianistas dieron su salto a Europa merced a esos contactos entablados en aquellas inolvidables tertulias musicales en las que se encontraba el mundo melómano. Las temporadas en el Teatro Colón eran de un brillo también fantástico. Venía lo mejor del mundo a la Argentina, considerada en aquellos años, escala ineludible del circuito internacional. Ese contexto desapareció.

–  Vulgarmente, uno puede imaginar a tres pequeños estudiando música durante casi todo el día ¿Cuán diferente fue la infancia de aquellos a la de un niño que no desarrolló el talento de la música a temprana edad? ¿Salían a jugar a la calle, por decirlo de alguna manera, compartían tiempo dentro del mundo de la infancia con otros chicos?

– Fueron bien distintas las experiencias de cada uno: Barenboim desarrolló una infancia muy normal, iba al colegio, jugaba a la pelota con los amigos, y los conciertos eran una actividad más dentro de su calendario habitual. En los casos de Martha y Bruno, ninguno de ellos fue al colegio (Bruno había comenzado la escuela y a los 7 abandonó después de contraer la polio). Bruno no deseaba más que tocar el piano. Mientras que Martha, en cambio, creo que sí sufrió el hecho de no poder explorar otros caminos fuera del piano. La infancia de los tres niños transcurrió dentro de la música, donde crecieron, hicieron sus armas, sus amigos y su concepción del mundo.

– Bruno Gelber realiza su primera presentación en público a los cinco años de edad; a los ocho retoma su actuación en público tras superar un problema de salud; a los 10 se presenta por primera vez con una orquesta; y a los 14 debuta en el Teatro Colón ¿Cómo vivió este período tan intenso aquel Bruno que corona, a temprana edad, su actuación pública en el Colón?

– Para él -siempre lo dice-, todo esto era natural, pues no había vida sin música, sin piano, sin carrera de concertista. Siempre se supo una figura, desde niño tenía conciencia de su genialidad y de su allure artístico. Anita, su madre, le recordaba sin embargo que en ningún lado estaba escrito que él debía ser pianista, de modo que, si no hacía lo correcto y necesario, no habría ningún destino marcado conduciéndolo hacia ese sitio. Para Bruno, la experiencia del escenario tocando la música que ama con todo su corazón, es la felicidad de su existencia. La profundidad de su toque y la densidad de su expresión única, se explica en ese modo de vivir el concierto.

– Gelber, Argerich y Barenboin tuvieron un maestro en común, Vincenzo Scaramuzza ¿Cómo educaba aquel maestro a sus alumnos? Sin dudas su método de enseñanza, a juzgar por los resultados, era verdaderamente exitoso, por decirlo así.

– En realidad, los que estudiaron con él directamente fueron Martha y Bruno. Barenboim tuvo un único maestros en toda su vida: Enrique Barenboim, su padre, quien había sido previamente alumno de Vicente Scaramuzza (digo bien “Vicente” porque se nacionalizó argentino y allí cambió su nombre).

“El maestro” como lo llamaban, era un hombre riguroso, cruel en gran medida, obsesionado con el estudio anatómico del toque pianístico. Era un italiano del sur (emigrado a Buenos Aires en 1907), formado en Nápoles con la mentalidad del siglo XIX, en uno de los Conservatorios más renombrados y exigentes de Italia. Enseñó con la base de esa scuola pianistica napoletana, de la cual fue evolucionando, tomando elementos de otras escuelas como la rusa, y logrando una síntesis muy provechosa y eficiente para sus estudiantes. Formó a varias generaciones de pianistas notables que pusieron a la Argentina en un sitio de privilegio. De hecho, no existe otra ciudad en el mundo que, como Buenos Aires, pueda preciarse de ser cuna, de tres pianistas como Barenboim, Gelber y Argerich, nacidos con diferencia de unos pocos meses, criados en el mismo barrio de Belgrano, educados en el mismo ambiente social y cultural.

– Por último, tenés una sólida formación musical, estudiaste piano en Córdoba, en Buenos Aires y en Alemania, pero tu dedicación se volcó a la escritura ¿Cómo se dio el paso de intérprete a creadora? 

– Desde chica sentí una fuerte vocación por la música y por la escritura, en un momento y a una edad en que es difícil establecer lo que uno hará en un futuro profesional. Antes de entrar al conservatorio, ya había empezado a estudiar el piano a los seis años en una academia de barrio, con una excelente maestra a la que recuerdo con cariño hasta el día de hoy, Elsa Turn. Siempre tuve la conciencia inquebrantable de que, mientras me daba el tiempo de definir el rumbo de esa vocación, lo importante era estudiar. La escritura, en cambio, era algo fácil y natural, estaba allí, todos aprendíamos a leer y a escribir en la escuela. La expresión escrita era algo sensible y espontáneo para mí, advertía que las palabras aún más las elementales podían emocionarme de un modo particular. En tercer grado tuve un maestro en la escuela primaria que se llamaba Hugo (no recuerdo su apellido). Era serio y riguroso. Yo lo apreciaba muchísimo. En el boletín final, cuando terminamos el grado, me calificó de excelente y me hizo una observación que siempre recordé: “Atender su excepcional aptitud para la escritura”. Recién a medida que fui creciendo pude evaluar esas inclinaciones más claramente en función de mi personalidad y sobre todo de la elección de una profesión en la que pudiera conjugar lo mejor de mí.


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Cecilia Scalisi nació en Córdoba. Licenciada en Arte, posee una vasta formación académica musical que completó en Córdoba, Buenos Aires y Berlín. Radicada durante una década en Alemania, fue becaria del DAAD, autora en la Radio Deutsche Welle y corresponsal del diario La Nación. Actualmente, es crítica musical de ese diario. Ha publicado varios libros. Cecilia Scalisi está comprometida con el mecenazgo y la promoción cultural en el campo de la música entre Alemania y la Argentina. La Legislatura porteña la reconoció como Personalidad destacada de la Cultura. Ha publicado De padre a hija, cartas de Alberto Ginastera a su hija Georgina y José Cura -el titán de la lírica- en Sanson et Dalila de Camille Saint-Saëns, de Cecilia Scalisi y Maximiliano Gregorio-Cernadas.

 

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