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CLARINETE TIEMPO COMPLETO

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El clarinetista Diego Montes ha trabajado con igual lucimiento en conjuntos de música antigua y contemporánea.


Cuando era niño, subía a un banquito para tratar de alcanzar un clarinete que sus padres guardaban sobre un armario, pero apenas podía olfatear el olor de la campana del instrumento. Diego Montes nació en 1958, su infancia transcurrió en el popular barrio Güemes, en Córdoba (Argentina), muy cerca de la cárcel de Encausados y La Cañada, el arroyo característico que atraviesa la ciudad mediterránea.

Hoy es un destacado clarinetista, que alcanzó notoriedad en el repertorio de la música antigua y la música contemporánea. Una síntesis de estas dos prácticas interpretativas es Clan Sonadors, su actual formación musical, que abarca música antigua, con o sin instrumentos de época, y la música contemporánea.

Diego Montes egresó del Conservatorio Provincial Félix T. Garzón. Tocó en la Orquesta de Instrumentos Antiguos del Instituto Goethe (Córdoba), y fue clarinete solista en la Banda Sinfónica de la Provincia.  En 1984, emigró a Europa y fijó residencia en Alemania.

Su actividad profesional conjuga la música contemporánea, tocando en ensambles como Thürmchen Ensemble, Colonia, Musik Fabrik y la práctica de la música antigua con instrumentos de época en ensambles como Concert des Nations, de Jordi Savall, Música Antiqua Köln, de Reihard Göbel, Concerto Köln y Artaria Consort.

Todo lo atribuye al maestro Herbert Diehl: “Este hombre me hizo músico. El me abrió el camino hacia el escenario, para comprender que el músico está desnudo frente al público y que la senda del desarrollo consiste en despojarse en cada presentación más y más de sus ropajes para dejar su alma desnuda”, expresa Diego Montes entrevistado por Clásica Córdoba.

– ¿En qué momento de su vida abraza el clarinete?

– En nuestra casa paterna – materna había un clarinete al que yo veía a diario. Nunca supe qué hacía ese instrumento ahí. Mi padre no me permitía verlo. Esto quedó como uno de los secretos indescifrables de mi infancia. Yo, lo único que podía hacer era treparme sobre un banco y, aún en punta de pies, oler la campana del clarinete. Hoy, después de tanto tiempo, cuando en mis años mozos trasladaba con cariño mi clarinete a todas partes, me he dado cuenta que es él, el que comenzó a llevarme a todas partes del mundo.

– ¿Alguna obra o compositor en especial, señaló el camino de su carrera profesional?

– En distintas etapas de mi vida musical y antes, ya que tal vez sea está etapa por lo menos, tan importante como lo es la etapa musical, me han influenciado distintos autores. Cuando era muy niño, aproximadamente cuatro o cinco años, lloraba para que mi madre, al volver del trabajo diario, no se fuera a ensayar al Coro de Cámara de la Provincia con asiento en el antes llamado Teatro Rivera Indarte. Un tiempo más tarde, pude escuchar el coro en donde cantaban mis padres. Compositores como William Byrd y Tomas Luis de Victoria me impresionaron mucho ¡Ni hablar cuando les escuché cantar Mauricie Ravel! Yo escuchaba todo el día el disco que grabaron en ese entonces con música de Victoria y Byrd. Cuando comencé a estudiar el clarinete conocí a compositores típicos para este instrumento, como Mozart, Weber y Spohr. Pero hubo una curva en mi vida, un punto de inflexión en donde convergieron el asombro con la complejidad reveladora, fue en las clases de composición y análisis con el que sería mi maestro venerado, al cual le dediqué mi último CD, César Franchisena. Durante sus enseñanzas conocí otro tipo de música: la música moderna. Recuerdo que cuando escuché y toqué compositores como Alban Berg, Anton Webern o Pierre Boulez, el panorama se abrió a un mundo que para mí era fascinante. Todo esto, sumado a mi amor por los instrumentos antiguos, me llevó a intentar siempre la fusión de estas dos prácticas interpretativas. En definitiva, me gusta tanto tocar un Mozart con un instrumento original, como Boulez con mi clarinete moderno, o Franz Schubert y Thomas Stiegler (compositor moderno alemán) con un instrumento antiguo.

 

Nombres propios relacionados con la vida artística de Diego Montes en Córdoba: Herbert Diehl, Guerino Curvino, César Franchicena, Manfredo Kraemer, Bernardo Illari, Daniel Schapiro.


A principios de la década del ´80, Argentina recupera el orden institucional, atrás quedó la amenaza de un conflicto bélico con Chile, aunque está muy presente la herida de la Guerra de Malvinas. El horizonte se presenta promisorio para Diego Montes, quien ya se desenvuelve con soltura en la música antigua y contemporánea, en una ciudad en la que una u otra práctica puede parecer, por ese entonces, una excentricidad. Mientras, alcanza el rol de clarinete solista en la Banda Sinfónica de la Provincia de Córdoba.

– ¿Cómo era el paisaje musical en Córdoba, al egresar, en 1983, del Conservatorio Félix T. Garzón?

– Yo había pasado toda mi juventud con un gusto amargo. La historia lo sabe y lo sigue descubriendo. Terminé el secundario en el año 1975, luego hice el servicio militar hasta comienzo del año 1978, luego me reclutaron para el eventual conflicto bélico del canal del Beagle contra Chile. Terminada la Guerra de Malvinas en el año 1982, decidí emigrar. Tres años después, me encontraba en Alemania. De 1978 hasta mi partida, realizaba conciertos que estaban repartidos entre la música antigua y la llamada moderna, así, por ejemplo, había creado un ciclo de “juventudes musicales” en donde con el grupo que habíamos formado con César “hoc tempore”, estrenamos para Córdoba el Cuarteto de Anton Webern para violín, clarinete, saxo y piano. El dato curioso es que el violinista era Manfred Kraemer. Todo era hecho a pulmón y con una cuota enorme de amor. Hoy en día, todo es para los jóvenes mucho más fácil, por suerte. Era muy difícil conseguir la música escrita. En el caso de los originales de música antigua, debíamos encargar cuando se podía a Europa en forma de facsímiles. Yo atesoraba la música que podía comprar como si fuese oro, comprar un instrumento era difícil, accesorios, etc. Todo esto me sirvió para entender que, si bien todo era más complicado que ahora, todo lo que hacía y estudiaba, era el resultado del amor y el respeto a mis ideas.

– ¿Cuál fue el músico más influyente?

– Con esta pregunta me transporta usted a mi pasado musical. Puesto que no creo demasiado en el presente, como que este es sólo una abstracción nuestra, y siendo lo más seguro en mi mente el pasado y de ahí mi idea del futuro, le contesto como si me despertara de golpe de un cortocircuito en la memoria. En los pozos verdes, así se llamaba el balneario del Río Suquía, en donde nos bañábamos de niños en el barrio Colinas del Cerro, al final de la calle 11, de la mano de mi madre y con el agua hasta las rodillas, encontramos al “maestro”, así lo llamábamos todos hasta el fin de sus vida, Herbert Diehl. Mi madre le preguntó si yo tenía buen oído; él, con los dedos índice y medio estirados, dibujó los sonidos aislados que cantaba y que yo debía repetir. Todo lo recuerdo como si fuera hoy. Desde abajo, vi su boca torcida, así cantaba él, sus pelos negros y su aseveración acariciando mi cabeza: “A partir del lunes, te espero en el Coro Alberdi, después cantarás en el Coro del Instituto Goethe“… Esa tarde, no lo sabía, había comenzado todo. Este hombre me hizo músico. Cuando doy clases pienso en lo que él decía y más aún, lo que él hacía! El me abrió el camino hacia el escenario, para comprender que el músico está desnudo frente al público y que la senda del desarrollo consiste en despojarse en cada presentación más y más de sus ropajes para dejar su alma desnuda.

 

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Su último disco está dedicado a uno de sus maestros, César Franchisena (Chaco, 1923 – Córdoba, 1992), cuya actividad musical abarca la docencia, la composición y la interpretación. Franchisena abrió la sede Córdoba de la Asociación Nueva Música, para la difusión de la música contemporánea. El disco se titula 1,2,3.


– En 1984, es clarinete solista en la Banda Sinfónica de la Provincia ¿Cómo resultó esa experiencia?

– Comencé en la banda como clarinete de octava, lo que significa estar sentado en la última fila de clarinetes ¡Para mí era todo un honor ser clarinetista de este organismo! Daniel Schapiro, entonces director de la banda, tuvo la saludable idea de hacer tocar de solistas a los jóvenes. Un día, Schapiro se acercó y me preguntó si me animaba a tocar el Concierto para clarinete y banda, de Artie Shaw, ya que el director me consideraba “su pollo”, yo le contesté que estaba listo para tocarlo; le pregunté qué quería decir eso del “pollo”, ya que para ese entonces yo no conocía dicha expresión. Después rendí para el cargo de solista. En todos lados en donde he estado, he dicho siempre con orgullo, que ¡Yo soy músico de banda!

– ¿Participó en la Orquesta de Instrumentos Antiguos del Instituto Goethe de Córdoba?

– Si, claro. Creo que fuimos los primeros en formar el grupo. Todo lo hacíamos con mucho amor, entusiasmo y trabajo. Recuerdo que diseñamos candelabros para ajustarlo a los atriles y poder tocar los conciertos a la luz de las velas. Hoy en día, estaría prohibido. Años más tarde, formamos el conjunto Lymantria. Pero por medio del Instituto Goethe uno se informaba de lo que era (ya había comenzado), a ser lo más moderno de la interpretación tradicionalista. Habría que hablar sobre cultura, aparato cultural y culturización; en esto último los alemanes son campeones del mundo. La colonización cultural es posible que sea la más importante. Como dije, los alemanes  son campeones del mundo, le sigue el resto europeo del Norte y Estados Unidos; me refería a la gran metrópolis cultural europea, que es la del norte europeo.

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Diego Montes tocará en Córdoba el próximo 30 de noviembre, junto a la orquesta La Barroca del Suquía, que dirige Manfredo Kraemer, en el Teatro del Libertador San Martín. Ciclo de Conciertos de la Fundación Pro Arte Córdoba.


– Usted se ha destacado dentro de la música antigua y también dentro de la música contemporánea. ¿Clan Sonadors representa la madurez del músico en ambos mundos, el barroco y el contemporáneo?

– Yo he tenido siempre estos dos amores, y se ve que la poligamia artística, sino musical, me atrajo siempre. Si bien es el Clan Sonadors algo así como síntesis de mis actividades de todos estos años, yo tenía en Alemania un ensamble llamado Artaria Consort, con el cual hacía cosas realmente audaces, tales como tocar en un concierto sin pausa, con 2 actores en el elenco, los tríos de Beethoven para clarinete, cello y piano, con instrumentos de la épica, y la obra Allegro Sostenuto, de Helmut Lachenmann, con instrumentos modernos. Cada vez que tocábamos este proyecto, me quedaba de cama tres días seguidos, la verdad que el concierto era fatigante.

 

2 Comentarios

  1. juan carlos orta
    26 abril, 2017 at 4:46 am — Responder

    Se olvido de contar su paso por la banda del liceo militar en donde tocaba el tambor y desfilaba y hasta bastonero llego a ser.Conseguimos las partituras de las marchas militares y diego nos enseñaba a acompañarlas apartandonos de las simples granaderas .

    • 26 abril, 2017 at 12:28 pm — Responder

      Hola Juan Carlos. No conocíamos ese dato.
      Muchas gracias por su comentario. Un cordial saludo

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